Por Joaquín Ramos. A veces, la gloria no necesita un cinturón. A veces, la gloria es el silencio respetuoso de un estadio en Estados Unidos cuando se dan cuenta de que el boxeador que tienen enfrente no está para regalar nada. En el Defensores de La Boca, las paredes transpiran boxeo, y lo que vivimos esa noche con Agustín «Sugar» Quintana fue especial. Fue la confirmación de que desde nuestro gimnasio de barrio, con el laburo silencioso de Fernando Albelo y la disciplina de hierro, se puede tocar el cielo.
Verlo a Agustín ahí, en la coestelar de una unificación mundial en la Desert Diamond Arena, era vernos a todos. El boxeador de San Francisco Solano, el que nunca falta a un entrenamiento, el que saluda a cada uno de los chicos con un respeto que conmueve, estaba ahí demostrando que el boxeo argentino tiene una estirpe que no se compra con marketing.
El rugido desde La Boca
En el club, los chicos siguieron la pelea con el corazón en la mano. Para ellos, Agustín no es solo un boxeador de elite; es el espejo donde se miran. Es el ejemplo de que la educación, el compañerismo y el sacrificio sobrehumano son las únicas herramientas para salir de la calle y plantarse ante el mundo.
Agustín demostró, no a nosotros que ya lo sabíamos, sino al mundo que se estaba dando cuenta que Agustín «Sugar Quintana vino a brillas. Fue una pelea pareja, que por hizo ver muy mal a la estrella invicta. Conectó manos claras que hicieron que los comentaristas de la transmisión internacional admitieran que Vargas estaba siendo «probado como nunca antes» [04:02]. Agustín demostró un boxeo técnico y plantado, respondiendo a los golpes al cuerpo con una guapeza que solo se aprende en los gimnasios de barrio. Cuando un cabezazo prematuro del local que ocasiona un corte en el pómulo de rival cambia el rumbo de la pelea ¿maña y permisivdad selectiva del árbiro? Puede ser.
«La rela del oro» nos contó hace algunas semanas. La regla del que manda. En los medios oficiales todas las fotos que que aparecían eran de Emiliano Vargass conectando golpes al contendiente Agustín «Sugar» Quintana. Tuvimos que extraer unas nuevas desde la transmisión de la pelea para reflejar la otra cara de la pelea, la que no muestran los medios oficiales. La del Sugar conectando uppecuts, contragolpes, ganchos con una técnica y velocidad formidables.

La injusticia que recorre el mundo
Hoy todo el ambiente del boxeo habla de lo mismo: la finalización prematura. La bronca que sentimos en el rincón y en el club tiene una razón técnica. Agustín recibió un cabezazo apenas comenzaba el combate [05:53]. Esa acción sucia fue la que originó el daño que se incrementó a lo largo de la pelea provocando una hinchazón que dio argumento al árbitro para evitar cualqueir tipo de sorpresa.
Para el noveno round, la inflamación bajo su ojo izquierdo era evidente, pero su espíritu estaba intacto. El árbitro decidió parar la pelea de forma inesperada justo al finalizar el asalto. Hasta los mismos relatores de DAZN se mostraron indignados: «No fue una buena detención. Merecía la cortesía de terminar la distancia… merecía salir con su escudo» [08:48].
Ese es el motivo del enojo legítimo de Agustín. No lo venció el boxeo de Vargas, lo detuvo una decisión arbitral basada en la secuela de una infracción.
Un ejemplo de disciplina
Volvemos con la frente alta. A pesar de la polémica, Agustín dejó un mensaje para todos los pibes del Defensores:
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Disciplina: Llegó a lo más alto del boxeo mundial respetando cada proceso.
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Respeto: Aun en la derrota injusta, su comportamiento fue el de un profesional.
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Compañerismo: Su pelea fue la pelea de todo un barrio que empujó desde La Boca hasta Arizona.
Agustín «Sugar» Quintana no trajo el triunfo en los papeles, pero trajo algo mucho más valioso: la certeza de que el esfuerzo vale la pena. El «General» Vargas se llevó la victoria oficial, pero el respeto y el boxeo de esa noche fueron bien argentinos. En el Defensores de La Boca, ya te estamos esperando para felicitarte, campeón.







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